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Certeza, seguridad y gozo de la salvación, Lapor Witness Lee

ISBN: 978-0-7363-0991-2
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LA CERTEZA, SEGURIDAD
Y GOZO DE LA SALVACION

LA CERTEZA DE LA SALVACION

Si usted recibió a Cristo recientemente, tal vez en algún momento haya dudado de que su experiencia fuera verdadera; quizás se haya preguntado si realmente es salvo. Si un nuevo creyente no tiene la certeza de que es salvo, carecerá de un cimiento sólido y difícilmente podrá crecer y experimentar las profundas realidades de la vida cristiana. Sin embargo, la Biblia afirma que podemos saber con certeza que somos salvos. ¿Cómo obtenemos esta certeza? Leamos 1 Juan 5:13:

“Estas cosas os he escrito a vosotros los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”.

Aquí no dice “para que penséis” ni “para que tengáis la esperanza”, sino: “para que sepáis”. No tenemos que esperar hasta el día de nuestra muerte para saber si somos salvos o no; podemos gozar de esta certeza desde hoy.

¿Cómo podemos obtener la certeza de la salvación? Hay tres maneras de obtenerla:

Dios lo dice en Su Palabra

Primeramente, podemos tener la certeza de que somos salvos, basándonos en la Palabra de Dios. La palabra del hombre no siempre es confiable, pero la Palabra de Dios es segura y permanente. Es imposible que Dios mienta (He. 6:18; Nm. 23:19). Lo que El dice permanece para siempre (Sal. 119:89).

La palabra de Dios no puede ser objeto de conjeturas. Su Palabra no es vaga ni abstracta, ya que nos fue dada de forma escrita, a saber, la Biblia.

La Biblia es la Palabra de Dios, inspirada por El mismo (2 Ti. 3:16). Por consiguiente, es una Palabra que podemos aceptar y creer absolutamente.

Veamos pues lo que Dios dice acerca de la salvación. El declara que el camino de salvación es una persona, Jesucristo (Jn. 3:16; 14:6; Hch. 10:43; 16:31). Dios asegura: todo aquel que crea que Jesucristo fue levantado de los muertos y confiese con su boca que Jesús es el Señor, será salvo (Ro. 10:9-13).

¿Ha hecho usted esto? ¿Ha creído en Cristo y ha confesado públicamente que El es el Señor? ¿Ha invocado Su nombre? De ser así, usted es realmente salvo. Puesto que Dios lo dice, es un hecho establecido.

El Espíritu Santo da
testimonio de ello

No sólo tenemos la Palabra de Dios externamente que nos garantiza que somos salvos, sino que además, internamente contamos con un testigo que nos dice lo mismo. Lo que la Biblia afirma externamente, el Espíritu lo confirma en nuestro interior. En 1 Juan 5:10 dice: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo”.

Quizás en ocasiones, después de haber recibido a Cristo, sintamos como que no somos salvos. Pero si examinamos en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro espíritu, percibiremos un testimonio interior que nos da la certeza de que somos hijos de Dios. “El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:16). Si usted duda de que tiene el testimonio interno del Espíritu, simplemente haga una prueba. Trate de declarar atrevidamente: “¡Yo no soy hijo de Dios!”. Descubrirá que le resulta muy difícil aun susurrar semejante falsedad. ¿A qué se debe esto? A que el Espíritu Santo en su interior le da testimonio: “¡Tú eres hijo de Dios!”.

Nuestro amor por
los hermanos
lo confirma

La tercera evidencia de que somos salvos es nuestro amor por todos los hermanos en Cristo. En 1 Juan 3:14 dice: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos”. Toda persona salva inevitablemente ama a aquellos que también son salvos. Las personas salvas siempre desean tener comunión y disfrutar a Cristo con otros creyentes. Este es un resultado espontáneo de la salvación. Tal amor trasciende al “amor” egoísta y devaluado de la era actual. El amor de los creyentes es un amor imparcial, pues ama sin importar las diferencias que puedan existir entre ellos. Esta es la verdadera unidad y armonía que el mundo anhela. Pero los que recibimos a Cristo somos los únicos que poseemos tal unidad. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Sal. 133:1). Este es el testimonio de toda persona salva.

Mediante estos tres —el testimonio de la Palabra de Dios, el testimonio interior del Espíritu y el testimonio de nuestro amor por los hermanos— podemos saber con toda certeza y seguridad que somos salvos.


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