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Mensajes para creyentes nuevos: Cómo conducir las personas a Cristo #5por Watchman Nee

ISBN: 978-0-7363-0128-2
Copia impresa: Living Stream Ministry disponible en línea

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COMO CONDUCIR LAS PERSONAS A CRISTO

Lectura bíblica: Ro. 1:16; 10:14; 1 Ti. 2:1, 4; Mr. 16:15

Ya vimos que una persona que cree en el Señor debe ser un testimonio para los demás. Esto es necesario para conducir las personas a Cristo. Hay varias cosas que debemos hacer y aprender para lograr esto, pero lo básico es acercarnos a Dios para interceder por el hombre, e ir al hombre de parte de Dios.

I. A DIOS EN NOMBRE DEL HOMBRE

A. La oración es la base para conducir
las personas a Cristo

Para conducir las personas a Cristo es muy importante que antes de ir al hombre, acudamos primero a Dios. Algunos hermanos y hermanas son muy diligentes relacionándose con los incrédulos, pero no oran primero por ellos, y como resultado, esa labor no obtiene fruto. Debemos orar a fin de poder dar testimonio a los hombres.

El Señor Jesús dijo: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que a Mí viene, por ningún motivo le echaré fuera” (Jn. 6:37); y en Hechos 2:47 vemos que el Señor incorporaba cada día a la iglesia a los que iban siendo salvos. Debemos pedir por las personas, a fin de que Dios las dé al Señor Jesús y El las añada a la iglesia. Si queremos que los hombres sean salvos, necesitamos implorar a Dios por ellos. El corazón del hombre es muy complicado y con dificultad se torna al Señor; por eso necesitamos orar para que Dios ate al hombre fuerte (Lc. 11:21-22) y poder así acercarnos a las personas sin ningún estorbo. Para presentar a Cristo de una manera eficaz, necesitamos orar fervientemente delante del Señor por cada persona.

Aquellos que oran tienen facilidad para guiar los incrédulos a Cristo. Si no obtenemos respuesta a nuestras oraciones, tampoco podemos dar un testimonio adecuado. La oración es muy importante para conducir las personas a Cristo; por tanto, debemos aprender a orar de una manera práctica. Esto es muy importante.

B. Elaborar una lista

Cuando fuimos salvos, comprendimos que debíamos recompensar al agraviado y supimos quién era el afectado. El Señor nos hizo saber estas cosas trayendo a nuestra memoria asuntos concretos del pasado, lo cual hizo que restituyéramos por la ofensa. Un día nos acordamos de algo que hicimos y, como consecuencia de esta iluminación, comenzamos a resolver estos asuntos uno por uno. El mismo principio se aplica cuando conducimos las personas a Cristo. Permitamos que el Señor ponga nombres en nuestro corazón, porque cuando esto sucede, espontáneamente sentimos el deseo de orar por ellos. Debemos hacer una lista de las personas que el Señor ponga en nuestro corazón. Esta lista no debe hacerse al azar, sino que debe reflejar el deseo que el Señor ponga en nuestro ser de atender a quienes El desea salvar. Si no prestamos la debida atención a este asunto, estamos perdiendo el tiempo. El éxito depende de un buen comienzo. Debemos pedir que Dios nos traiga a la memoria nombres específicos de familiares, amigos, colegas, compañeros de estudio y personas que conozcamos. Si hacemos esto, veremos como los nombres de estas personas espontáneamente vienen a nuestro pensamiento haciendo que nos preocupemos por ellas y deseemos que sean salvas.

Podemos hacer esta lista con cuatro columnas. En la primera escribimos un número; en la segunda, la fecha; en la tercera, el nombre; y en la cuarta, la fecha en que la persona recibe la salvación. Esto hará que podamos recordar el número que le asignamos a cada persona, la fecha en que comenzamos a orar por ella y la fecha en que es salva. Si desafortunadamente la persona muere, podemos usar esa columna para escribir la fecha de su fallecimiento. Una vez que un nombre esté escrito en esta lista, debemos persistir en la oración sin desmayar hasta el día en que esta persona sea salva o muera. Conozco a un hermano que oró por su amigo por dieciocho años, hasta que éste fue salvo. A unos les llega la salvación en un año, a otros en dos o tres meses después que empezamos a orar. Ciertas personas parecen casos imposibles, pero con el tiempo se salvan. Debemos ser persistentes en la oración y no desmayar ni por un momento, hasta que estas personas se salven.

C. El pecado obstaculiza la oración

La oración nos prueba y deja al descubierto delante del Señor nuestra verdadera condición espiritual. Si ésta es apropiada y normal, los incrédulos serán salvos. A medida que intercedamos por ellos delante del Señor, veremos como al principio se salvan uno o dos, y con el tiempo otros más. Las personas deben ser salvas regularmente. Si el Señor, después que ha transcurrido un largo período, no contesta nuestras oraciones, es una indicación de que algo en nosotros no está bien. Así que debemos buscar la luz del Señor para que nos revele en dónde está el problema.

El pecado estorba nuestra oración. Debemos aprender a vivir una vida santa delante del Señor y rechazar todo aquello que sabemos que es pecado, porque si lo toleramos, o no le prestamos la debida atención,nuestras oraciones no serán oídas.

Uno de los aspectos del pecado obstruye la gracia de Dios y Sus promesas. Isaías 59:1-2 dice: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oí”. Y en Salmos 66:18 dice: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado”. Los pecados que no hemos confesado ni han sido limpiados por la sangre, son un gran obstáculo que no permiten que nuestras oraciones sean contestadas. Dios no escuchará nuestras oraciones si no resolvemos esto. Este es uno de los aspectos del pecado.

El otro aspecto del pecado daña la conciencia del hombre. Cuando una persona peca, no importa cuánto se justifique a sí misma, ni cuánto lea la Biblia, ni cuántas promesas cite de la Palabra, ni cuánta gracia y aceptación reciba de Dios, su conciencia continuará siendo débil y seguirá atada. Dice en 1 Timoteo 1:19: “Manteniendo la fe y una buena conciencia, desechando las cuales naufragaron en cuanto a la fe algunos”. Un barco puede ser pequeño y viejo, pero no debe tener agujeros. De igual manera, nuestra conciencia no debe tener escapes, porque cuando se pierde la paz, no podemos orar. Los obstáculos no sólo están delante de Dios, sino dentro del hombre. La relación entre la fe y la conciencia es exactamente igual a la de un barco y su carga; o sea, la fe es como la carga y la conciencia como el barco. Cuando el barco tiene algún escape, la carga se daña. Si la conciencia es fuerte, la fe también lo es; pero si la conciencia tiene agujeros, la fe desaparece. Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios y El sabe todas las cosas (1 Jn. 3:20).

Si deseamos ser personas de oración, debemos resolver el asunto del pecado. Hemos vivido en el pecado por mucho tiempo y si queremos ser liberados totalmente de él, debemos confrontarlo de una manera seria. Tenemos que acercarnos a Dios y confesar todo pecado poniéndolo bajo la sangre, rechazándolo y apartándonos del mismo. Una vez que la sangre nos limpia, la conciencia se restaura, la condenación desaparece y vemos el rostro de Dios. No demos oportunidad al pecado, porque esto nos debilita delante del Señor, y si estamos débiles, no podremos interceder por los demás. El pecado es el problema número uno que tenemos y debemos estar prevenidos constantemente para no caer en el mismo. Una vez que el problema del pecado se resuelva, veremos los resultados y podremos orar apropiadamente; así muchos serán conducidos al Señor.


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